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La rutina de los muertos

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La rutina de los muertos

  1. 1. La muerte esta tan segura de alcanzarnos que nos ha dado toda una vida de ventaja. Lo amo tanto. El domingo anterior, en esa mañana que como las que en el ultimo mes hemos pasado juntos, no pude llevarle mas que vino, pan y flores, y mientras le hablaba sentí que a pesar del silencio de su parte el también me ama. Al fin y al cabo soy la única persona que los visita en este lugar, y creo que eso le gusta. No se nada de su familia, nunca los he visto en su trabajo ni cuando en las noches lo veo. Es más, a pesar de que nos conocemos apenas tres meses, creo incluso que vive solo. Muy solo. El hablar de cómo nos conocimos puede sonar muy común pero no así pierde su encanto. Me encontraba de visita en la casa siempre bien cuidada de mi abuelo. Hace muchos años no lo veía, creo incluso que no lo veía desde el golpe. Alegre y revitalizado, pero aun así el mismo abuelo que desde que estaba pequeña me enseñó lo que me serviría en estos duros años. Hablamos mucho, de todo, del mundo y de nuestros mundos, sin que su mirada leve vacilara en ningún momento mirar el firmamento. Creo acordarme de estar hablando del presente del país cuando lo vi, siempre con mirada fija, sin embargo tierna, nunca descuidando su labor. Iba muy bien vestido, traje y corbata, como si tuviera en lista una reunión muy importante. Reconozco que inicialmente no llamó mi atención de forma completa. Algo común, algo especial, pensé. Sin embargo, ahora recuerdo que a medida que mi abuelo profundizaba su reflexión de los problemas que nos rodean, y yo le exponía mis pensamientos, repentinamente mi atención, además de las ideas que yo reflejaba en palabras se veía afectadas por la presencia de este vecino, de este trabajador. Llegó tan lejos mi pérdida de control oral y físico que incluso mi abuelo, poco detallista como ninguno en la familia, me reprendió mi falta de atención a sus palabras. Inevitable fue preguntarle a mi abuelo por aquel caballero galante que ocupaba el hogar de enfrente. Desde aquel día permanentes fueron mis visitas a casa de mi abuelo, algo que si bien le extrañó, agradecía y recompensaba leyéndome bellas poesías que suele escribir desde su actual condición. Poco a poco logré que me hiciera saber sus pocos detalles sobre el extraño, aunque requirió de él un esfuerzo adicional para que abandonase sus labores y asumiera el rol de ama de casa chismosa. Así supe que mi personaje era nuevo en el oscuro vecindario. Como bien lo suponía, parece vivir solo y prestar mucha atención a su apariencia, cosa que me encanta pero no es lo primero que en verdad buscaba en un hombre. Ese mismo día, mi abuelo, al observar mi insistencia por conocer mas detalles y siempre queriendo “una pareja lo suficientemente fría para hacerme reír” como suele recalcar, se ofreció para poder hablar con este nuevo y refinado extraño y poder así conocerlo. Negar que lo pensé mucho seria presentarme como mujer llena de orgullo, seguridad y convicción, cosas que sobre las que me gustaría mentir pero no tengo el orgullo, la seguridad ni la convicción para hacerlo. Luego de mucho hablar con mi abuelo, decidimos que desde su misma casa haría que el extraño pasara y entrara, a pesar de ser el lugar mas privado que mi abuelo alguna vez tuviera. El extraño tardó en llegar a su hogar, lo llamamos y así empezó todo. Todo como un amor de colegio. Luego, otra sorpresa nocturna me daría este extraño, sorpresa agradable y placentera. Estaba frente al espejo de mi ya rustico cuarto, vacío de luz y lleno de recuerdos, peinando mi cabello y pensando en el pasado y presente, cosas que ahora son todo para mi. Escuché un ruido fuerte en la calle. Aunque ahora la situación se denomina
  2. 2. controlada y hace bastante tiempo no siento miedo al escuchar algo raro, sentí que debía asomarme a mirar algo, no sabía que, y ayudar a la persona involucrada. Sin embargo, no vi nada raro, si lo normal es no ver a nadie en las calles a las siete mas diez. Luego de permanecer en la ventana algunos minutos me disponía a volver a mi viaje interior, y fue aquí cuando lo vi. Era el vecino sugestivo que pasaba frente a mi casa. Se que es altamente pretensioso querer decir que todas las noches que el pasa por mi casa, lo hace por verme, pero siendo fiel a la verdad, nunca he visto que note mí ya evidente y continua presencia en la ventana. Es mas, parecería que fuera con mucho afán, siempre vestido como para su última noche, pues va tan a prisa que parece estar volando. Le he preguntado a donde se dirige todas esas veces pero su silencio afirma su pacto con una labor secreta que estoy a punto de saber. Vino, pan y flores. Un miércoles le llevé cigarrillos, pero parece que no los disfrutó por que a pesar de que la caja vacía encontré al siguiente domingo, deduje que alguna vez sufrió con sus pulmones y el fumarlos solo le recordó un ya olvidado y penoso pasado. Le hablo tanto que a veces parece que estuviera frente a un psiquiatra o amigo intimo, contándole toda mi vida para alguna vez escuchar un consejo adecuado. Cada día que le hablo descubro razones para amarlo, pero entre todas no puedo decidir si lo amo por su silencio o por el espacio que me brinda para contarme mi vida, para llorar por mis errores y alegrarme de mis logros, para tener esperanza en el futuro y para dejar que todo conformismo llene mi mente. Hay que decir que los otros vecinos del oscuro barrio no recibieron muy bien mi nueva relación con Antonio (nombre que con el que decidí referirme a el, al verlo escrito con letras ya corroídas en la fachada de su casa) y cada vez que le hablo los vecinos suelen molestarme con su miradas llenas con una mezcla de intriga y rechazo. Sin embargo, quizá no deba mencionar esto pero hace dos noches vi a un grupo de los vecinos de ese barrio en frente de mi casa, murmurando, pero manteniendo fija su mirada intimidante hacia la puerta de mi casa. Siento miedo. Se lo comenté y como sorpresa recibí su silencio. Por eso le amo, creo. Quizá no deba tampoco decir que anoche no logré dormir porque curiosos sonidos desde la cocina y el jardín, en el primer piso de mi casa me recordaron porque la intolerancia del país me llena de ganas de huir. Sonará redundante para mi abuelo si le cuento que cuatro sombras rodearon mi cama y golpearon todo mi cuerpo sin que yo pudiera ni gritar ni moverlo. Por esto, y otras mil razones más, ya está decidido. Me iré con el extraño. Ahora sé que es lo que hace todas las noches. Es muy parecido a lo que mi abuelo, según me confesó, también realiza con pasión. Puedo aprender rápido. Hoy lo haré. Lo haré en el oscuro barrio. Llegaré a mi lugar más privado, al hogar que me hospedará durante esta eternidad. Solo un disparo en mi cabeza y lograré conocer a mis padres que nunca extrañé, ver a mis amigos olvidados, al ex-esposo y cuatro hijos que en una noche de tragos envié a un viaje familiar con mi abuelo. Solo un dolor más para no sentir más dolor. Solo un dolor que me haga sentir viva y luego vivir siempre con mi abuelo. Solo un dolor para que el extraño ahora amado me cuente porque el fumar es malo, porque es más que irónico dar la vida por una causa y luego morir de cáncer. Solo un disparo y unirme por siempre a el, junto a todos los que deje morir por cobardía y traición. Solo con una bala, la que tantas veces evité y con la que me intentaron callar, para que todos juntos desde allá abajo del oscuro barrio cementerio salgamos todas las noches a llenar de vida la rutina de los muertos.

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