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(273)long2 salvar a cecil

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Caballeros y gigantes
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  1. 1. 1 SALVAR A CECIL. Manfred Nolte Cualquier persona medianamente sensible se habrá sentido indignada por el abatimiento de Cecil, el León más famoso y amado de Zimbabue. El sanguinario cazador, un dentista americano llamado Walter Palmer, pertenece a esa cofradía detestable que se reúne en casa con los amigos a beber whisky o cerveza pisando una alfombra de piel de leopardo, bajo la mirada perdida de una cabeza de alce o de rinoceronte, alardeando de su última hazaña costosísima, salpicada por igual de riesgos y delitos. Cecil era un ejemplar hermoso, un regalo de la vida y objeto de admiración para los millares de turistas que hacían los safaris fotográficos organizados en el parque protegido de Hwange. Pero sobre todo, era una enseña del orgullo de Zimbabue, un icono, su bandera afectiva y singular. Permítame ahora el amable lector un pequeño salto mental, abusando de la proverbial indulgencia que proveen estos tórridos días de agosto, para establecer un paralelismo entre el caso de Cecil y otra forma de actuación furtiva que se multiplica alarmante a nuestro lado: el vapuleo sistemático del éxito conquistado recientemente por la economía española, algo técnicamente demostrable y moralmente aplaudible. Lo que debe ser legítima materia de orgullo se secuestra con tapujos y engaños, se oscurece y tergiversa hasta conseguir un objetivo execrable: desvirtuar la verdad y si es posible matarla. Igual que a Cecil. Pongamos atención a los hechos y sus interpretaciones. Son ocho los trimestres desde que España abandonó la recesión y la tasa de crecimiento del PIB prevista en 2015 es del 3,2%, liderando nuestro país el crecimiento de la Unión europea: a lo que se responde que es mérito de Mario Draghi y del nuevo precio del petróleo y en el fondo un mero espejismo sin vocación de continuidad. ¿Record de exportaciones y el hecho de que España haya aumentado su cuota de exportación en el total mundial?: lo justifican los
  2. 2. 2 detractores por la devaluación del euro, una carambola transitoria del destino. Este julio ha sido el mejor en 17 años para el desempleo, que ha bajado en 74.028 personas, el descenso más importante desde 1998 y antes de 2017 se crearán un millón de empleos: bien, replican, pero a nadie se le oculta la precariedad y escasa calidad del empleo creado. La confianza del consumidor alcanza nuevos máximos en julio: vale, murmuran, pero habrá que preguntar qué tipo de consumidores son los que demuestran esa confianza. Lo mismo que las matriculaciones de turismos que registran su mejor julio en 19 años: sugieren los apocalípticos censores que de todos es sabido quien compra coche y quien viaja en transporte público en este país. Y así hasta mil. Para estos Maquiavelos, la única realidad la constituyen la corrupción de la casta, la perversión del sistema que debe dinamitarse cuanto antes, la incompetencia de instituciones y gobernantes que es menester derrocar a cualquier precio. Y en cualquier caso, en modo alguno cabe asumir, ni de lejos, la bondad de las reformas -¿reformar para quién?- o que la austeridad sea una virtud social y que pueda incluso funcionar. Donde exista un episodio positivo se tratará de un espejismo, o simplemente de buena suerte. Tanta descalificación, tanta bilis vertida por los sumideros de los medios de comunicación social y también destilada del discurso de determinados partidos políticos, tanto ultraje apenas cimentado en datos, lanzados con especial alevosía desde cadenas televisivas bien conocidas, lo que Pablo Iglesias ha definido como “el nuevo Parlamento de nuestra época”, vendiendo carnaza caducada a un público tan entregado como confundido que aplaude y jalea la destrucción por la destrucción, convierte a nuestra sociedad en la versión moderna de un circo romano. La desinformación y la incultura se apodera de aquellos que envueltos en un rugido ensordecedor, piden con sus pulgares invertidos la pena máxima del ‘otro’, un ‘otro’ que si se les pregunta fijamente, la mayoría de las veces no sabrían concretar. Y desde luego, nunca con argumentos convincentes. En especial, produce lástima la falta clamorosa de rigor en la mayoría de las tertulias económicas de máxima audiencia. Pausada e insensiblemente asistimos a la diseminación de un discurso caustico y a una degradación intelectual de la ciudadanía. No es justo plegarse a estos nuevos dioses de la democracia, a esta moderna inquisición sin aparente dueño, o nombre o procedencia. Esta locura donde se lanza la piedra escondiendo la mano, cuyas raíces se hunden en un pretendido interés político, casi siempre bastardo e inconfesable por mucho que se invoquen principios de justicia social que una vez destapados no son sino hervideros de venganza y de odio. No es ético, ni justo ni razonable asaetar injustamente a Cecil, a nuestro Cecil concreto que es la recuperación de la economía española, de la que debemos sentirnos juiciosamente orgullosos, para rematarla a traición en los entresijos de programas corrosivos o de acciones partidistas bastardas. Dejemos vagar en libertad a Cecil y proclamemos que en medio de enormes dificultades y penalidades la recuperación española es una ilusionante realidad. Atrás flagelos y lamentaciones. Reconozcamos nuestros méritos y no nos empeñemos en abortarlos, aunque aun quede mucho trabajo por hacer. Salvemos, en definitiva, a Cecil.

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