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19 Domingo Ordinario - C

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19 Domingo Ordinario - C

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  1. 1. Ellos ansiaban una patria mejor 19� domingo ordinario C La semana pasada, las lecturas nos invitaban a no sucumbir a la ansiedad por los bienes materiales y a aspirar a los bienes del cielo, esos bienes espirituales que son los que llenan de sentido la vida entera. Esta semana, las lecturas ahondan en este tema. �D�nde est� nuestro tesoro? Jes�s dice que all� donde est� nuestro tesoro est� nuestro coraz�n. �Cu�l es nuestro tesoro? �Qu� nos afanamos por acumular? �A qu� dedicamos m�s tiempo, m�s desvelos y esfuerzos en nuestra vida? El af�n excesivo por acumular dinero y cosas suele venir del miedo. Tenemos miedo a la pobreza y a la carencia, y este miedo a veces est� justificado, pero otras veces es una actitud general de desconfianza. No creemos en la Providencia. Por eso, por si acaso, queremos acumular m�s de lo que nos es necesario, pensando en el d�a de ma�ana o en emergencias que quiz�s nunca suceder�n. Es bueno ser previsor, pero muchas veces sobrepasamos la prudencia necesaria y acabamos totalmente agobiados y obsesionados por tener m�s y m�s. Jes�s nos invita a confiar en Dios: No tem�is, peque�o reba�o, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. �Qu� es el reino? Mucho m�s que todos los bienes que podamos atesorar. Mucho m�s que tener lo necesario para vivir. El reino de Dios no es pura supervivencia, sino vida plena y hermosa. El reino de Dios es una vida que vale la pena ser vivida. Una vida que es entrega, generosidad, apertura al amor. Esta vida incluye, y sobrepasa, nuestras necesidades materiales de cada d�a. Por eso Jes�s nos invita a buscar ese reino, acumulando un tesoro en el cielo. Para ello hemos de estar bien despiertos, como esos sirvientes fieles y en vela, que, aunque el amo est� ausente, siguen cumpliendo su deber con la m�xima responsabilidad. Tampoco nosotros vemos a Dios, pero �l est� en todas partes y est� dentro de nosotros. Un buen ejercicio espiritual, que recomiendan muchos santos, es actuar, en todo momento, en presencia de Dios, siendo conscientes de que �l nos mira y nos acompa�a. No como un juez inquisidor, control�ndonos, sino como un Padre amoroso que contempla a sus hijos con inmenso afecto. Ante esa mirada llena de amor, �c�mo no vamos a hacer las cosas de la mejor manera posible, con calidad, con belleza, con tacto y con cuidado? Si actuamos as� seremos como ese servidor fiel y prudente del que habla Jes�s en su par�bola de hoy. Y Dios nos har� responsables de una peque�a o gran misi�n en su reino. San Pablo en su carta a los hebreos, que hoy leemos, nos invita a tener la fe de los patriarcas: Abraham, Isaac, Jacob se fiaron totalmente de la Providencia. Pablo repasa la historia b�blica y explica algo que vale la pena meditar. Todos ellos, dice, salieron de su patria sin saber qu� les esperaba. Se fiaron de las promesas de Dios, que les ofrec�a otra tierra mejor. La fe es justamente esto: fiarse de lo que te dice alguien digno de confianza. Escuchar a quien te encomienda algo, aunque luego no veas los resultados. Cuando Dios nos llama a una misi�n, quiz�s nunca veremos sus frutos. Tan s�lo seremos sembradores y otros cosechar�n. Pero cuando la misi�n es muy grande, hemos de aceptar que su cumplimiento necesita m�s tiempo que el breve intervalo de una vida humana, y hemos de seguir trabajando con ganas y esperanza. No se trata de un fiarse a ciegas, sino de un confiar en quien sabemos que es digno de fe. �Y qui�n m�s digno de fe que el Creador que nos sostiene y nos acompa�a en nuestro existir? Pero �cu�l es esa patria, esa tierra prometida que los patriarcas buscan? Ellos ven�an de Mesopotamia, una tierra rica y f�rtil, donde ten�an todo lo que quer�an y sus mismas ra�ces familiares. �Qu� puede ser mejor que esto? �Qui�n abandona su pa�s, si no es para llegar a un destino mejor? Pablo explica el significado de esta peregrinaci�n de los patriarcas: �Es claro que los que as� hablan est�n buscando una patria; pues si a�oraban la patria de donde hab�an salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo.�
  2. 2. La patria del cielo: el reino de Dios. Esta es la tierra prometida que Dios nos ofrece y que Jes�s nos viene a traer, aqu� y ahora. Si no aspiramos a ella, �c�mo vamos a dejar la otra? Si no aspiramos a los tesoros del cielo, �c�mo vamos a desapegarnos del dinero, el poder y los bienes materiales? Ser� imposible. Si queremos el reino, hemos de enamorarnos. Enamorarnos de Jes�s, enamorarnos de Dios. S�lo as� tendremos el coraje de abandonar la vieja patria, llena de apegos y ataduras que, en un momento, quiz�s nos fueron necesarios, pero ahora, cuando somos adultos y libres, ya no pueden seguir at�ndonos. S�lo as� seremos capaces de lanzarnos a la aventura de explorar y descubrir el reino de Dios. Un reino que ya est� entre nosotros, y que abre sus puertas cada domingo, muy en especial, cuando celebramos la eucarist�a y tomamos a Cristo como pan. Entonces, el reino del cielo ya est� dentro de nosotros.

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